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La mirada también abraza
15.11.2020 | 09:50

Días pasados, el filósofo Santiago Kavadloff expresó que “la mirada también abraza”. Esa es la sensación que sentimos aquellos que hemos sido muy andariegos y que, producto de enfermedades preexistentes y demás eventos que se apilan con la edad, la pandemia nos mantiene recluidos en versión preventiva, aunque comunicados por medios electrónicos que nos permiten, al menos, ver el rostro de nuestros seres queridos a la distancia, entablar una conversación o seguir manteniendo el ritmo de trabajo desde el hogar.

Es muy cierto eso de que “la mirada también abraza” en esta “nueva normalidad”. Se palpa cada vez que nos ponemos en contacto, pantalla mediante, después de 245 días de reclusión, con algunas pequeñas y medidas salidas controladas y tapados hasta los ojos -quiero verlos con 30 grados de temperatura- hasta el supermercado, verdulería y carnicería, o a la farmacia. Son las “excursiones” que nos permitimos, pero sin tobillera electrónica.

“La mirada también abraza” cuando nos fijamos en cada detalle del rostro de nuestro interlocutor. Antes, quizás, no nos pasaba. Ahora, la pantalla nos obliga a mirarlo a los ojos con más precisión, descubrir rasgos de su cara que no habíamos advertido antes. Pero, sobre todo esa mirada que nos transmite todo: si está triste, alegre, aburrido o con alguna preocupación.

Lo electrónico nos trae, a través de la pantalla, aquel rasgo natural, artesanal y humano que es mirarnos. Mirar, es mirar al otro como alguien esencial y especial. Tan especial como soy yo. Me reflejo en él.

También agudizo otra herramienta que nos dio -según la creencia que tengamos- el Tata Dios o la naturaleza: escuchar. Y en esta acción -a algunos más que a otros-, la sensibilidad del auricular nos ayuda porque ya estamos en edad donde el radar comienza a fallar, aunque no la mirada, que sigue siendo esencial para descubrir los gestos que acompañan a las palabras.

Y cuando hablo de palabras, ellas también nos abrazan en estos tiempos de aislamiento preventivo. Nos envuelven, nos miman, nos hacen vibrar, nos transportan a lugares imaginarios, nos hacen construir puentes y nos acercan a quien nos desea transmitir algo, porque cuando alguien nos está hablando nos ponemos en su lugar e intentamos comprenderlo, y por eso lo escuchamos atentamente. 

También, a aquellos que somos afectos a los libros, la palabra escrita nos produce un masaje al alma, a nuestro interior. Cuando releemos un libro vamos descubriendo detalles que no habíamos notado en la lectura anterior. Los autores, a veces, nos hablan entrelíneas.

No sé que les pasa a ustedes, pero en lo personal este estado de prevención sanitaria a mí me devolvió algunas cosas que se desdibujaban en medio de la vorágine diaria de tiempos “normales”: detenerme ante los rasgos de la persona que me habla, sentir sus palabras, sus gestos, escuchar atentamente, y esa mirada que, a falta de cercanía, también nos abraza.

José Luis Ibaldi

Para Mañanas de Campo