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Mi Mamá Elena
17.10.2021 | 12:54

“Tu historia, mamá, debería formar parte de una novela”. Eso se lo dije cuando tenía 18 años y, en esas noches de invierno en que nos quedamos de sobremesa, me contó su triste historia de vida: negada por su mamá hasta que llegó el momento de su casamiento, con un apellido que pertenecía a su padre, pero que no conoció hasta entrada la década de 1980, cuando él ya estaba con una enfermedad avanzada, y criada por sus abuelos, a los que llamaba “papá” y “mamá”, compartiendo juegos y la vida de niña y de juventud con sus tíos que, para ella eran sus “hermanos”, y que siempre la llamaron “nena”. También, tenía un hermano, por parte de su padre, al que conoció cuando él se presentó en nuestra casa después de la conscripción, con un ramo de flores y una caja de bombones. Por parte de su madre biológica también tuvo otros dos hermanos. En fin, una verdadera ensalada familiar, de la que no es fácil salir airosamente en lo psíquico, aunque se las arregló muy bien para seguir adelante y sobrellevarlo por 70 años.

En la escuela primaria se enteró que su verdadero apellido era otro diferente al que tenía “papá” Antonio y eso le produjo una gran tristeza. Lloró, seguramente, buscando respuestas que por aquellos años no eran fáciles de dar.

Ya señorita, se hizo de novio de un aspirante a ferroviario flaquito, de ojos verdes, con un bigotito de galán, que llegó a Saavedra desde Huanguelén, aunque su nacimiento había sido en Bolívar. Lo esperó pacientemente cuando lo llamaron a su novio a cumplir el servicio militar en Junín de los Andes y, entre carta y carta, seguramente fueron viendo la posibilidad del casamiento, acto que se concretó algunos años después, en 1955.

Me tenía en su vientre cuando ocurrieron los eventos de la Revolución Libertadora, el bombardeo a Saavedra y la huida de muchos de sus habitantes -entre ellos, mi mamá- hacia la Ermita o hacia los campos circundantes buscando refugio.

Mi mamá crio a tres varones y una nena. Nena que llegó cuando yo tenía casi 15 años, anhelada, después de batallar por ese lapso con tres varones, a los que nos tenía cortitos con algún coscorrón o una varita de mimbre que nos sacudía a las piernas ante alguna de las tropelías que causábamos. No eran las más. Las más eran ponernos a tejer o enseñarnos a pegar los botones de las camisas, como castigo. ¡Y vaya que aprendimos a hacerlo perfecto!!!

Sin embargo, disfrutábamos mucho de sus cuentos, del empeño que ponía para hacernos la comida, del amor que nos daba -seguramente pensando en ese sentimiento que no alcanzó a tener de niña-. Cuidó a su abuela y a su abuelo con mucho cariño y nos lo transmitió con el ejemplo. Tampoco descuidó la salud de mi papá, al que asistió hasta su último aliento.

Solidaria con sus vecinas hasta más no poder. También madre de leche de muchos de quienes tuvieron la suerte de nacer en fecha cercana a la nuestra y sus madres no podían amamantarlos.

En el Día de la Madre, rindo homenaje a todas las Madres, en especial a mi querida y siempre recordada Mamá Elena, que con sus aciertos y sus errores hizo del hogar familiar un lugar especial, donde a la escasez de recursos le contrapuso esfuerzo, el duro trabajo diario de ama de casa, y el amor. El amor, un sentimiento profundo que siempre nos salva y perdura en nosotros, para dejarlo como herencia a los que nos suceden.

José Luis Ibaldi

Para Mañanas de Campo