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Aprender a convivir
09.01.2022 | 11:40

A través de los años, en el campo se ha aprendido a convivir con la fauna silvestre. Y convivir no es más que vivir y dejar vivir a quienes nos rodean, y si bien estamos en la cúspide de la cadena alimentaria, tampoco nos podemos abusar de esa condición, porque cada bicho tiene una tarea benéfica en su existencia.

Y si hoy vemos muchas especies en el campo, es porque el productor agropecuario ha adoptado mejores prácticas, tanto en el cuidado del suelo a través de la siembra directa como en el cuidado del medioambiente, con un uso más racional y equilibrado de fitosanitarios. Porque como señala el doctor Emilio Satorre: “Los alambrados de nuestros campos tienen límites porosos hacia la sociedad”, denotando que el viaje hacia el presente y el futuro está condicionado no sólo por la cantidad, calidad e inocuidad de los alimentos que produzca el sector agroalimentario, sino también por la relación con las comunidades.

Acá, en el campo de la familia de mi esposa estamos acostumbrados a que los nidos de las diferentes aves que habitan en los árboles que circundan la casa deben ser conservados como tal. Sin embargo, como en la vida de los seres humanos, también en el mundo natural existen algunos malandras a los que les gusta ser okupas de otros nidos y, como estamos en Argentina, no hay juez que desaloje a los intrusos.

Yo andaba preocupado en mis caminatas matutinas porque no me había cruzado con mis amigos los Teros, una familia numerosa que desde hace años habita en los lotes que dan al camino rural. Sin embargo, pronto me hicieron saber que habían cambiado de residencia, por un lote ubicado más cerca de la aguada de las ovejas.

En el camino rural y en los alambrados internos que dividen los lotes están las lechucitas que, como cámaras de dron, auscultan todo movimiento. No se les escapa nada y mucho menos mi paso a vivo ritmo, aunque con un chistido, me advierten algún exceso de velocidad.

Los cuises asoman sus cabecitas de las cuevas cavadas en las bardas que se fueron haciendo con el paso de la motoniveladora, que lo que menos hace es nivelar, sino hundir cada vez más el camino rural, transformándolo en una suerte de arroyo que cuando llueve en exceso la correntada deja sus huellas. Los cuises tienen sus cuevas en altura, disimuladas entre las malezas que crecen a la vera de las pequeñas barrancas, en prevención de cualquier fenómeno, a la vez que se esconden de las aves de rapiña que andan sobrevolando el lugar y no le llevan el apunte a lo que proclama la película de Netflix, de “No miren para arriba”.

Las bichas no aparecen por donde hay mucho barullo de trabajo y mucho menos los zorros y los pumas, que esperan la oscuridad para intentar alguna incursión por el gallinero o en el rebaño de ovejas. Acá hay doble prevención: tanto gallinas como ovejas quedan a resguardo de tejidos y lugares cubiertos, y los perros se encargan del patrullaje.

¿Por qué estuve contando esto? Porque ahora estoy con mis nietos Luisana y Bruno, en Luján de Cuyo, Mendoza. La última vez que estuvieron en el campo eran chicos y no pudieron apreciar que la biodiversidad se va descubriendo a medida que uno empieza a desandar por los caminos y a recorrer cada uno de los recovecos del campo, aprendiendo a convivir con ella y no dañándola.

José Luis Ibaldi

Para Mañanas de Campo