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Sobran las palabras
05.08.2018 | 09:44

Mil ejemplos da la vida, pa´l que los quiera tomar, no es fácil poder guardar tanta agua de un solo aljibe, pero siempre se consigue cubrir la necesidad”. De fondo el punteo de la guitarra se confunde con el crujir de un tronco que dibuja el comedor llenándolo de luz. Larralde continúa con su milonga y el salón oscuro por momentos se llena de silencio. De repente se ilumina una cara adusta, pensativa, serena, “chupetea” la pipa y el resplandor parece hacerlo más imponente, quizás sea el reflejo de su sombra en la pared, pero por instantes parece un gigante. Más silencios, otro crujido del fogón y Larralde que termina su estrofa con una frase que parece puesta a propósito en la escena, “Perdone m´hijo, no crea, Que le voy a dar consejo, Solamente en el reflejo De un parecer sin pasión, Quiero darle la ocasión De verle el alma a su viejo” .

Hablar de Olaf Grecco, Fito para todo el mundo, llevaría seguramente tantos editoriales como programas he hecho, pero sin dudas, no mencionarlo, sería traicionar mi propia historia, sería olvidar de dónde vengo y cómo llegué hasta aquí. Su propia historia, su vida, sus relatos, sus pareceres y su sarcástico humor, son parte de lo que muchas veces reflejo en estos teclados.

Quizás entre los grandes aprendizajes me haya quedado el silencio, ese instante tan perfecto donde sin decir absolutamente nada, hay mucho en el aire, hay conexión, se emana respeto, se comparte, se crece. Allí se dejan atrás los temores, los rencores, el desprecio. Ese mismo que él pudo haber ganado a fuerza de tiempos difíciles, en guerrillas absurdas, en compañeros muertos al servicio, en cientos de lacras que pululan por nuestra sociedad y que sin embargo, nunca les dedicó un segundo de su precioso tiempo.

Atrás quedaron anécdotas miles, de sus días de servicio en la guardia del propio Alfonsín o la jefatura de la custodia del mismísimo Juan Pablo II en su estadía en la Argentina. Estar siempre al frente para el representaba una condición natural, sus pasos, sus dichos, sus modos, todo el tiempo quien quiera que cruzara dos palabras ante su figura, parecía subordinarse, porque su sola presencia, representaba autoridad, respeto.

Y así, esa amistad creciente, esas horas de fútbol compartido, fueron marcándome en las enseñanzas de la convicción por lo que se quiere, desde el aprendizaje de cómo catar un buen tinto, hasta por qué no, sacar una “maruchita” a punto solamente colgada de dos fierros en el fogón.

Los viajes a la chacra, con churrascos de croto, con caminatas por la vía, con la vieja Ford bicolor importada que nunca conoció la segunda marcha antes de hacer no menos de diez cuadras en las frías mañanas de Tandil. Mates eternos, algún wiskhy porque según el “yo ya estaba grande para el tinto” y las tardes de risa repasando los cuentos de Fontanarrosa, mientras con orgullo de padre, seguía siempre de cerca mis pasos ayer como estudiante y hoy como Veterinario derivado a periodista.

Se fue Fito, pero no del todo. Porque hay huellas que en el camino quedan muy marcadas, profundas, imborrables. Gratos recuerdos que no hay partida que distraigan, no hay adiós cuando tu vida misma, es una extensión del recorrido compartido.

Silencio, otra vez el silencio, de lejos me llegan más acordes…. “Que extraño fue todo ya lo ves, la vida que pasa, y en la más austera desnudes, sobran las palabras…”

Carlos Bodanza                                                                                           

Para Mañanas de Campo

 

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