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Para comerte mejor…
20.01.2019 | 09:43

Un investigador argentino, radicado hace muchos años en Francia señala que “El acto de comer pone en juego variables de orden muy diferente: la composición y las características de los alimentos, la salud del consumidor, su identidad cultural, la dinámica de los territorios donde habita, la evolución de las producciones y de los productores agropecuarios. La fuerza de la boca es tal que puede llegar a modificar los mercados o a remodelar los paisajes”.

Sin lugar a dudas, la creciente urbanización ha influido en el cambio de los comportamientos alimentarios. El éxodo rural, con algunas excepciones como las de algunas familias productora que aún tienen asiento en el campo, va mermando algunas tradiciones culinarias, por caso las “carneadas”, propias de un momento en que el campo estaba poblado y los vecinos estaban siempre prestos a dar una mano.

Habernos convertido en una “Aldea Global”, donde el vértigo de la competitividad, la inmediatez, la vorágine que nos imprimimos diariamente en nuestras vidas, no nos permite disfrutar –en general- de la comida familiar de los mediodías y de la cena, como hacíamos en nuestra niñez y adolescencia aquellos que somos modelos ’50, ’60 y ’70.

Viviéramos en la ciudad o en un pueblo –salvo contadas excepciones-, las familias compartían el mediodía y la cena en familia. La comida era un rito, por más frugal que fuera, y con el valor agregado de ser un menú “fatto in casa”. Es que en el registro familiar la comida es memoria anclada en aromas y gustos de comidas y bebidas de la infancia. Mi memoria aún me trae el recuerdo de aquellos olores de milanesa con papas fritas, del puchero, de la polenta con tuco, del bife hecho sobre la plancha de la cocina a leña, que hacía mi querida madre.

Los nuevos tiempos nos remiten a la rotisería del barrio o a la de la Coope –si estamos en Bahía Blanca-, a la hamburguesería de tal o cual marca, a la pizzería o a los locales de empanadas, y en el mejor de los casos a un restaurante. Ahora, gran parte de los matrimonios y parejas trabajan y hay menos tiempo para preparar una comida o disfrutar de una buena mesa. Generalmente, en los fines de semana llega el momento de saborear un buen asado, en familia o con amigos.

Asimismo, noto que existen nichos de consumidores que son más sensibles al impacto de los alimentos sobre su salud e inclusive por preocupaciones medioambientales.

Nada de lo señalado es puesto en tela de juicio. Alguien calificó a la alimentación como un “hecho social total”, un hecho que pone en interacción el conjunto de relaciones sociales. Hay que seguir atentos, porque tal cual indiqué al inicio, la fuerza de la boca es tal que puede llegar a modificar los mercados o a remodelar los paisajes.

José Luis Ibaldi

Mañanas de Campo