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Sin identidad, el valor no existe
24.02.2019 | 09:19

Entre las grandes crisis que sufre nuestro país, la falta completa de identidad se posiciona como una de las más graves, porque justamente, afecta nuestra propia capacidad de potenciarnos y tiende a igualarnos con quienes justamente, no son iguales y no podrán serlo.

Al día de hoy seguimos escuchando una parte importante de los políticos de turno, hablar de la “salida de nuestro sistema productivo a un sistema industrial” e inclusive por estos días, se pudo escuchar a Sergio Massa, explicando las bondades de exportar harina, fideos o aceites para el caso de la soja. Si bien es cierto que el valor agregado es interesante, una y otra vez nuestros dirigentes –todos prácticamente- parecen no entender la real importancia que tiene la producción agropecuaria y primaria de materias primas, nuestra verdadera especialidad, que nadie parece dispuesto a fortalecer.

Todos “bailan” al compás de industriales, empresarios, todos bajo el discurso de la fuente laboral, mientras que a la hora del productor que permite que todo lo demás exista –a veces nos olvidamos que el resto sin esa cadena primaria, es HUMO!- decía el productor, no es muy tenido en cuenta. A la vez, la incoherencia nos habla de la importancia de generar valor agregado, de industrializar el producto, mientras tratamos de sacar un trigo o una jaula de hacienda, por caminos que son más propios de un Dakar, que de una incipiente industria nacional. A eso hay que agregarle, que hay que recorrer a veces apenas miles de kilómetros para llegar a un puerto, en un “1114” modelo 78 cuyos ejes crujen casi tan fuerte, como el disparate de ser un país agroindustrial más que un gran productor de materia prima.

Siempre recordaré las palabras de Enrique Erize de consultora Nóvitas explicando una simple realidad: “Estados Unidos es uno de los mayores exportadores de trigo del mundo, se ve que son idiotas porque aún no se les ha ocurrido -como pregonamos nosotros - exportar galletitas”. Sarcasmo? No, realidad pura.

No conformes con nada, para completar la sesión de “diván”, nuestra enorme preocupación pasa por saber si a Doña Rosa le gusta comer la carne con grasa, si dejará de comprar cuando la leyenda no diga más “carne de ternera” y si es posible que el país que en el total come más carne de todo el mundo, nos estemos rompiendo la cabeza para ver si la carne de feed lot es superior a la de engorde pastoril.

Algo tan simple como entender que somos millonarios peleándonos en una villa miseria, pero decidimos ser pobres porque nos gusta serlo. En definitiva, para las Doñas Rosas- sumemos a Don Pepe para no ser censurados de machistas- que están en vías de extinción – hay que pensar más en el país de los sub40 que de los post60- los primeros, con mucha suerte, no diferencian un bife de nalga de una hamburguesa y mucho menos, de un bife de chorizo. En pocas palabras, nuestra preocupación –dicho con respeto a los miles de asadores especializados de nuestra Argentina- pasa por ver si darle margaritas o rosas a los chanchos y exportar caracú o menudencias que total son cortes baratos. Un absurdo de un país pobre, con anhelos de miseria.

No sabemos quiénes somos, que tenemos y adónde vamos. Nuestra producción primaria es única en el mundo y fue, es y será, nuestro mayor tesoro. En el rincón de enfrente, nuestra única mirada –la política- vive de faros cortos y su pobre iluminación, solo nos muestra nuestro gran sentimiento, de ser ricos, pero con visión de pobres. 

Carlos Bodanza                                                                                           

Para Mañanas de Campo