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Detrás de los corrales
09.06.2019 | 11:12

Vivir las ferias es una sensación única, cada una tiene lo suyo, sus corrales, sus pasillos, algunas arboladas, otras sin amparo en la intemperie, están las de grandes corrales de aparte, las que incluyen la manga, las de viejos carteles testigos de otros tiempos y en todas a la vez, hay cuestiones que tienen que ver con la disposición, el lugar, el tamaño, la balanza y hasta algún galpón que imprime su firma.

Casas ferieras hay para todos los gustos, hoy grandes empresas recorren el país, con representantes hiperprofesionales, con martilleros reconocidos, con su trayectoria, con su propio sello, humildes algunas, otras de fuerte tinte folclórico, en algunas el paisaje manda y en otras hasta tal vez, el tiempo ha dejado huellas imborrables que solo costosísimas inversiones podrían rebatir.

Pero hay algo que hace que absolutamente todas difieran en una condición que las hace únicas, que les marca el origen, que les deja impregnado su carácter, su lugar, su tiempo: cada feria tiene su gente. Y aquí no hay mejores ni peores, hay diversas y eso es justamente lo que hace de los remates un momento único, un lugar que permite radiografiar ante que zona estamos, cuáles son sus necesidades, sus urgencias y sus fortalezas.

El remate es un punto de encuentro obligatorio de los productores, sobre todo en lugares como 17 de Agosto, por poner un ejemplo de los muchos lugares donde a veces vecinos de tranquera, no se cruzan salvo en el almuerzo obligado de las ferias o entre corrales, mientras de fondo suenan las voces del martillero. Asi las charlas son infinitas, de lluvias como tema obligatorio, de precios, de mercado, del verdeo que prendió o del trigo a sembrar, del empleado que se fue y del hijo que ojalá termine los estudios y en una de esas le pique el bichito y vuelva para hacerse cargo del campo familiar.

Yo hable de sellos y no hablaré de la feria de Bertín diferenciándola de otras, simplemente hablo de lo que veo, de lo que siento, de lo que aquí todos los “15” de mes se vive. Tal vez, porque aquí el tiempo siempre corre más lento, porque no hay apuro para los muchos que vienen a “pasar la tarde”, es raro que por esta feria alguno vea un corral y se vaya. Acá se charla mucho, siempre hay una sonrisa, un estrechón fuerte al saludarse y mucha mano yendo a la boina en ese educado gesto de casi persignarse al saludar.

Acá hay gente grande, hay algunos jóvenes, pero hay mucha, pero muchísima gente de laburo, hay bombachas, hay alpargatas, hay mugre porque no! si la camisa muestra que hace poco se arregló algún tractor o se trabajó en la manga. Acá hay campo, justamente, se viene del campo a la feria, acá hay poca ciudad, hay mucho pueblo, hay sentimiento.

Por eso rápidamente comprendí en mi primera visita a “17” –así lo llamo con cariño – que acá no venía a ver una feria, analizar precios o seguir un remate: acá vengo todas las veces que puedo primero a llenarme de campo, de afecto, a fotografiar más allá de las caras, a volverme con vivencias, a tratar de entender un poco más que es lo que pasa detrás de una fría estadística o de un número que poco dice y que muchos creen poder entender, cuando en realidad un corral es tal vez el único novillo gordo que aquel paisano trajo para vender y será esta casa, quien lo defienda como si fueran cien, así le gusta definir a nuestro amigo Arzoz cada vez que toca esa situación de venta.

Está abierta la invitación, la cocina es amplia y ahora en el invierno el fogón está siempre prendido. No falta nunca un mate y la torta de ricota, esa que Don Roberto siempre tiene bien dispuesta, en esta visita de amigos que hacemos mensualmente y que como excusa digo yo, tiene un remate de fondo. Vengase nomás, no venga creyendo que se llevará solo negocios, por aquí se regala poder detenerse en el tiempo, que por estos días, es algo que no tiene precio.

Carlos Bodanza

Para Mañanas de Campo