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Rescatar la palabra
04.08.2019 | 12:23

Nunca me cansaré de repetir que el poder de la palabra construye y crea nuevos horizontes. También hace crecer, entusiasma, construye comunidad y permite entendernos y entender el mundo que vivimos.

Mahatma Gandhi nos recuerda que “somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras”. De allí que para entablar un diálogo también es preciso escuchar al otro –al que me completa- en forma activa, para interpretar la realidad cambiante.

No creo en los talibanismos, porque creo que mi libertad de expresión limita con la libertad de expresión de mi vecino, de mi prójimo, de mi próximo. Por eso, descreo de toda expresión y/o acción que intenta confrontar una idea, un pensamiento o un movimiento ejerciendo la fuerza; entendiendo a ésta como el resultado de la imposición, sea con o sin amedrentamiento, y en mi propia casa.

Lo que ocurrió en estos días en medio de una actividad que se llevaba a cabo en el predio de la Sociedad Rural y fue interrumpida por un grupo de hombres y mujeres que se colaron en la pista con pancartas en favor de los derechos del animal, y su réplica por parte de quienes se sintieron tocados, me dejó un sabor amargo. Los extremos, por más que creamos que estamos defendiendo situaciones o ideas legítimas, no son buenos; pues agrandan aún más las grietas que esta sociedad argentina viene experimentando desde hace muchísimo tiempo.

Siempre cuando experimento esta rara forma de presentar o expresar a los distintos grupos sociales sus peticiones con muchas “o”, recurro inmediatamente al recurso de mi filósofo campero de cabecera, Gustavo Almassio, cuando dice que hay que erradicar las “o”, para trabajar y pensar en muchas “y”. Unos y otros se pueden sentar a dialogar y encontrar muchas soluciones uniendo las verdades de cada uno.

No son tiempos de hormonas. Son tiempos de neuronas. La historia de la humanidad está plagada de tiempos de hormonas, de imponer ideas con un martillo. Estamos a una semana de las PASO y muchos de nuestros políticos nos hablan –simbólicamente- con un martillo en la mano. No es un buen ejemplo para los argentinos en general y mucho menos para aquellos grupos que sienten que sus gustos o sus convicciones deben ser asimilados por todos.

Sentarse a una mesa a dialogar no está en la agenda muchos que se dicen referentes, sean políticos o no. Descreen de este gesto porque se miran el ombligo y no ven que son tiempos de compromiso y de urgencias. La palabra nos debe convocar y nos debe hacer común en el otro. Si queremos mantener la cohesión social y sobrevivir a este cambio de era, es urgente rescatar la palabra de su proscripción y exilio.

José Luis Ibaldi

Para Mañanas de Campo