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Envenenados por la hiprocresía
22.11.2019 | 10:20

El miércoles al mediodía, por orden del juez federal Carlos Villafuerte Ruzo, efectivos del departamento de Delitos Ambientales de la Policía Federal detuvieron a Marcelo Acerbo, propietario de un predio rural ubicado del paraje J.A. de la Peña, en el partido de Pergamino; a José Luis Grattone, ingeniero agrónomo y arrendatario del campo; y a Cristian Taboada, que manejaba una máquina aplicadora de agroquímicos. ¿El delito? Al parecer tenían todos los permisos necesarios, pero vulneraron las normas al aplicar el producto a 90 metros de zonas pobladas, cuando se había establecido una prohibición de 100 metros.

Matías Longoni, periodista de Bichos de Campo, escribió bien tarde -de madrugada- su opinión frente a este suceso, que convulsionó a la comunidad agropecuaria por tratarse de los primeros productores y agrónomos detenidos por una aplicación de agroquímicos.

Esta es la opinión de Matías que varios lectores nos pidieron que publiquemos en un solo bloque:

“He leído y escuchado a muchos productores y profesionales de la agronomía consternados y apenados por la noticia de la detención de tres personas que estaban “fumigando” en un pueblito de Pergamino. No es para menos, me parece. Es una postal patética de la Argentina que tenemos. 

Primero un par de aclaraciones. Si se violó una normativa, esos productores deben ser sancionados. Pero no sé si fumigar a 90 metros en vez de 100 metros sea para que un juez federal te lleve preso e incomunicado. ¿Qué hacemos con los que estacionan en una esquina? ¿Los empalamos? 

Segunda aclaración: Creo que ha habido excesos en el uso de agroquímicos y creo que las normas deben comenzar a poner límites y promover alternativas. Pero de allí a criminalizar a los que producen usando insumos legales en casi todos los países, hay un trecho muy largo. 

Creo que el principal problema de los argentinos no son los agroquímicos sino la idiotez. Y sobre todo la veleidad: todos los argentinos (o la inmensa mayoría) nos creemos dueños de derechos que les negamos a otros. Este de los agroquímicos es otro caso de “argentinidad al palo”. 

Todos los argentinos abrevamos de uno u otro modo de lo que genera el agro, usando agroquímicos. Por vía de las retenciones, por las divisas, por el empleo que genera, por los alimentos. Todos disfrutamos del agro. Pero, insólito, despreciamos a los productores que lo habitan. 

Esa hipocresía mayúscula tiene punto cúlmine en el “dotorcito” (¿abogado o político?) que quiere “ir a vivir al campo” y entonces migra al country o barrio cerrado, usualmente construido de modo poco legal. Ni bien llega, empieza a joder al vecino productor que usa agroquímicos. 

¿Qué quiere decir? Qué sin planificación territorial no debería valer ponerse a jugar a los justicieros ambientales. El primer modo de zanjar esta polémica es resguardar a los productores de las señoras histéricas que usan kilos de veneno para teñirse el pelo de rubio brishante. 

La otra gran hipocresía de los tilingos alarmados por el glifosato es pensar que todos los productores que lo utilizan son truhanes enceguecidos por la riqueza. Se preocupan más por la supervivencia del cangrejo colorado del Río Salado que por su prójimo que trabaja el campo. 

Si equilibraran pasiones entre cangrejos y productores se darían cuenta que convierten en su enemigo a un tipo que -en la inmensa mayoría de los casos- hace malabares para pagar el alquiler del campo, las retenciones y los insumos para producir. Que está bastante pauperizado. 

La más grande de las hipocresías que rodean esta discusión es que los productores están cada vez más pauperizados (leer el Censo Agropecuario para confirmarlo) debido a las apetencias de una urbe cada vez más ociosa y codiciosa. Hay enfermedad ahí, pero el cáncer viene del campo. 

Esto, vuelvo a aclarar, sin dejar de reconocer que puede haber casos de excesos y mala praxis en el medio rural. Lo que hay que hacer es dejar de copiar y pegar estudios con poco sustento y reclamar del sistema sanitario un estudio a fondo sobre el impacto de los agroquímicos. 

Hay que exigir a viva voz la presencia del Estado. El Estado debería ser equilibrio. Y equilibrio en esta discusión es parar la pelota para definir la situación real. Por ejemplo, es una vergüenza mayúscula que el Estado no lleve una estadística seria sobre el uso de agroquímicos 

Hoy está la taba dada vuelta: se juzga que los productores son victimarios cuando (a pesar de que hay varios que hacen cagadas) la mayoría de ellos son víctimas de una sociedad cada vez más cosmopolita que se cree con derecho a enseñarles a producir sin saber un carajo. 

El juez que detuvo a los productores, Villafuerte Ruzo, no fue capaz de resolver la muerte de Carlitos Junior. Pero debe andar cerca de viejo y sentirse justiciero encanando productores por 10 metros, cuando lo que debe hacer es encanar funcionarios que no hacen lo que deben. 

Y lo que deben hacer los funcionarios es una planificación territorial: acá se produce y acá van las rubias y sus pekineses. Los funcionarios de salud deben hacer análisis de riesgo. Los funcionarios de producción deben verificar que se cumplan las reglas para usar agroquímicos. 

Los legisladores deben sancionar una nueva ley de agroquímicos, que ordene la convivencia. Los policías deben ser capacitados en controles ambientales. Los ambientalistas no deben difundir mierda emocional. Y los periodistas no debemos caer en la tentación fácil del amarillismo. 

Mierda… ¿se entiende la situación? Hay argentinos urbanos que festejan que han ido presos unos pobres argentinos agropecuarios. Y hay otros argentinos productores que miran atónitos lo que sucede: sus abuelos chacareros eran héroes y de golpe y porrazo ellos son los villanos. 

Las entidades agropecuarias deben cerrar filas contra esta cacería ambiental, que tiene buena prensa y suma votos. Los dirigentes rurales, si todavía quedan, deben dejar de hablar solo de retenciones para ponerse a pensar en esto, que es la mayor amenaza hacia sus representados. 

Los productores deben tomar conciencia también que son parte de una sociedad cada vez más exigente. Y a pesar de la presión que puedan llegar a sentir, deben extremar los esfuerzos para hacer una agricultura cada vez más sustentable que dependa cada vez menos de insumos externos. 

Y los consumidores deben tratar de ponerse alguna vez en la piel del otro, su semejante, que pudo ser su abuelo. Dejarse de joder con el cangrejo y pensar que si pueden pagar una verdurita orgánica es también por las millonarias transferencias de ingresos, del campo a la ciudad. 

Terminemos con esta danza de hipocresías, donde hasta Tinelli se preocupa por el hambre pero desprecia al que produce alimentos.
La postal de un país que encarcela a productores mientras exonera a sus jueces y sus políticas es realmente patética.
Haríamos muy bien en asumirlo”. 

Bichos de Campo